¿Atender al bebé de inmediato o dejarle llorar?

A los 12 meses tu hijo finaliza la etapa de bebé y comienza la de niño pequeño, una nueva fase en la que debes realizar ciertos cambios en tu modo de tratarle, como no ir a consolarle enseguida cada vez que llore.

En sus primeros meses de vida el bebé necesita ser atendido sin demora. Así aprende que papá y mamá están pendientes de él en todo momento y que el mundo es un lugar seguro.

Pero algo cambia una vez que el pequeño cumple su primer año: a partir de ese momento su cerebro ya está lo bastante desarrollado como para entender la relación entre su reacción y la conducta de los padres y puede llorar, simplemente, para acaparar su atención. Por eso, en ocasiones es mejor no hacerle mucho caso, como cuando lloriquea porque no puede coger un juguete, por ejemplo. Así, él solo irá aprendiendo a esperar y a solventar algunos obstáculos sin ayuda.

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ASÍ SE DESARROLLA EL CEREBRO DEL BEBÉ

Fue el neuropsiquiatra Boris Cyrulnik el que demostró la importancia de que el niño aprenda que la satisfacción de sus deseos puede demorarse. Si lo aprende, el lóbulo frontal de su cerebro va madurando.

Por el contrario, el pequeño que no puede descubrirlo porque sus padres satisfacen de inmediato cualquier necesidad suya, está sometido al instante, lo que le predispone a la infelicidad. Cyrulnik insiste en que para el desarrollo cerebral es imprescindible que el pequeño, a partir de los 12 meses, viva experiencias de frustración.

EL TIEMPO DE ESPERA, GRADUAL

Ahora bien, la exposición a tiempos de espera y a cierto nivel de frustración debe hacerse de forma gradual. Con 1 año el pequeño aún depende de sus padres para casi todo y no puede esperar mucho. Por lo tanto, sigue siendo importante atender sus lloros, pero sólo cuando de verdad necesite algo. La experiencia ayuda a los padres a saber distinguir las situaciones urgentes de las que no lo son. En ello influye, lógicamente, tanto su carácter como el del niño.

Es a partir del año cuando comienza la verdadera educación: debemos empezar a poner normas al niño, explicarle por qué debe obedecer, enseñarle a esperar un ratito, hablarle de lo que es el peligro...

LAS FRUSTRACIONES DEL DÍA A DÍA

María, de 18 meses, acaba de despertarse y grita para que la saquen de la cuna. Su madre la saluda con un “ahora voy, cariño” y se pone a calentar la leche del desayuno. La niña, mientras tanto, descubre una sombra en la pared y empieza a jugar con ella encantada. Su frustración inicial se ha convertido en algo muy positivo.

Otro ejemplo: David, de 15 meses, está intentando hacer una torre, pero se le cae. Si se mantiene tranquilo hay que dejar que siga probando, pero si se impacienta debemos darle alguna idea para que la torre se mantenga mejor. Por último, si la actividad le resulta imposible, lo más pedagógico es proponerle otro juego que alivie su estrés. Y es que para que los niños aprendan a tolerar la frustración siempre hay que ir de menos a más.

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