Las funciones del peluche para tu hijo

Resulta muy enternecedor ver a un pequeño que lleva entre sus manos su peluche favorito, su biberón, un cochecito, un pañuelo... ¿Sabes qué representan para él estos objetos-mascota?

El objeto-mascota puede cumplir diferentes funciones, según la edad que tenga el niño.

EN SUS PRIMEROS 6 MESES...

...el bebé necesita mucho contacto corporal. Antes de nacer se sentía constantemente arropado por las paredes del útero y esa necesidad permanece.

Según diferentes estudios, los bebés de países desarrollados pasan demasiado tiempo solos en sus cunas, hamaquitas o cochecitos y echan en falta el contacto con otro ser. El objeto afectivo satisface en parte esta necesidad.

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El bebé se encariña con un objeto que está cerca de él: en cuanto puede, lo coge, lo toquetea, lo chupa y lo frota contra su carita. ¡Qué sensaciones más agradables! Con una mano lo acaricia mientras se chupa el pulgar de la otra. Esta actividad le produce a tu hijo casi tanto placer como cuando le das la toma y él roza con sus manitas tu seno. Así, sostener su objeto favorito se convierte en un estupendo sustituto de los momentos íntimos y la primera forma de autoconsuelo (por eso se le llama también “objeto de consuelo”): cuando tú estás atareada y tiene que esperar, gracias a él se siente acompañado.

DE LOS 9 A LOS 12 MESES...

...la mascota cumple otra función más: a esta edad el bebé se asusta cuando una persona a quien no conoce se le acerca (es el miedo a los extraños) y también cuando te ausentas (es el miedo a la separación). Se debe a que aún no entiende que volverás y piensa que lo que no ve, deja de existir. Esto le aterroriza y tener a su peluche consigo le ayuda, porque proyecta en él el afecto que tú le das. Su presencia, su olor y su tacto le tranquilizan. El pequeño lo acaricia y en realidad es como si se acariciara a sí mismo.

Pero aún hay más: también le ayuda en la transición de un mundo seguro (su casa) al mundo de fuera. Su mascota huele a hogar, así que con ella en las manos le es más fácil adaptarse a situaciones “complicadas”, como quedarse en la guardería, ir al pediatra... Por eso recibe otro nombre más: “objeto de transición".

ENTRE LOS 18 Y LOS 24 MESES...

...el niño empieza a imitar en sus juegos las situaciones que él mismo experimenta y esto le ayuda a asimilar experiencias impactantes. Belén nos cuenta: “Cuando estaba embarazada de mi segundo hijo, el mayor imitaba la situación. Escondía su peluche debajo de su camiseta y yo le tenía que dar besitos, como él hacía con su hermana en mi tripa. Cuando la pequeña nació, él dejó nacer a su mascota y la cuidaba y mimaba como si fuera un bebé”.

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El objeto-mascota también le ayuda en situaciones dolorosas. Por ejemplo, cuando tú le regañas, él riñe a su mascota. Y después, en un intento de consolarse a sí mismo, la consuela. O la deja en un rincón para que sufra el mal rato que él ya ha pasado. Y si le tienen que vacunar, a la mascota también la pinchan. Todos estos juegos le sirven para asimilar sus vivencias.

Tu hijo y su mascota son uno, ya que ésta habla su lengua y le entiende en todo momento. Cuando tu pequeño está enfadado o frustrado, puede lanzar a su mascota escaleras abajo o esconderla entre sus juguetes. ¡La trata francamente mal, con lo que la quiere! No te preocupes por estas conductas: son su manera de expresar y canalizar sus sentimientos negativos. Pasado un rato la buscará y la acariciará de nuevo; volverá a ser su fiel amigo.

A PARTIR DE LOS 2 AÑOS...

...el niño ya domina el concepto de permanencia. Sabe que aunque te vayas, volverás. Por eso ahora es capaz de dejar a su muñeco en casa cuando se va contigo a la compra, porque sabe que a la vuelta seguirá allí. Pero aún le resulta imprescindible para conciliar el sueño y por eso la mete en su mochila cuando se va a la guardería, ya que el olor que desprende le ayuda a echarse la siesta más relajado. El objeto-mascota continúa siendo el puente entre su casa y el exterior.

ENTRE LOS 3 Y 4 AÑOS...

...el objeto afectivo sigue siendo fiel acompañante para muchos niños. Ahora puedes aprovechar su presencia para resolver situaciones difíciles, ya que mediante su mascota te resultará más fácil comunicarte con tu pequeño. Por ejemplo: tu hijo Juan no quiere sentarse en el inodoro, sólo en el orinal. Intuyes que esto tiene que ver con un miedo y en vez de preguntárselo directamente a él, lo haces a través de su peluche. “¿Tú crees que Juan tiene miedo al inodoro? No quiere sentarse en él”. También puedes hablarle sobre tus sentimientos en presencia de tu hijo. “Me da pena que Juan no pruebe una vez, el inodoro es un amigo y no un enemigo. Yo me siento en él varias veces al día y nunca me pasa nada”. Seguro que así, hablando a su fiel amigo, a Juan le será más sencillo abrirse y elaborar sus miedos.

Cuando tu hijo deje de necesitar a su mascota, guárdala. Es un bonito recuerdo de su infancia, que con el tiempo se convertirá en un testimonio silencioso del niño que fue.

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