El espejo maestro de tu bebé

El espejo enseña a tu hijo mucho más que una simple imagen reflejada: con él descubre el lenguaje corporal y aprende a distinguirse de los demás y a empatizar con sus semejantes.

El bebé descubre más fácilmente su identidad al verse en el espejo, pero no lo hace de forma repentina, sino poco a poco.

Antes de los seis meses tu hijo observa un reflejo que le llama la atención, pero sigue prefiriendo tu cara a la suya. Incluso si os miráis los dos a la vez en un espejo, le atraerá más tu rostro que el suyo, porque le resultará más familiar.

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Así adquiere su identidad

Ahora, entre los 6 y los 12 meses, cree que su imagen es otro niño, al que intentará coger, tirar del pelo... Si ve a un adulto reflejado, se gira para observarlo, pero no sabe que él y la imagen del espejo son la misma persona: para él son dos individuos distintos.

Entre los 12 y los 18 meses el niño empieza a sospechar que la imagen del espejo es la suya. “Es entonces cuando asienta las bases de un modelo interno de sí mismo”, explica Raquel Sánchez, psicóloga infantil.

Sin embargo, hasta casi los 24 meses no descubrirá el gran misterio: que el niño del espejo es él mismo.

Lo sabemos porque el psicólogo norteamericano M. Lewis inventó un truco para demostrarlo: puso a varios niños de 9 a 24 meses sentados con sus madres frente a un espejo. En un momento dado, pidió a las madres que pintaran a sus hijos la nariz. Al sentarles de nuevo frente al espejo, un 88% de los niños de 18 a 24 meses se tocaban la mancha, sabiendo que algo les pasaba. De los niños de 15 a 18 meses, sólo un 25% se tocaba la nariz, y del grupo de 9 a 15 meses, ninguno notó nada.

La utilidad de poner a tu hijo frente al espejo entre los 6 y los 12 meses, además de que se entretenga, reside en que así refuerza las primeras expresiones verbales y no verbales. Algo que, según la psicóloga Raquel Sánchez: “le ayuda en su progreso como hablante y en su autonomía como ser humano único”.

Con el espejo aprende a diferenciarse de los demás y a interiorizar sus movimientos. “El niño va siendo cada vez más consciente de su individualidad, descubre que es diferente a los demás y que posee características propias, pero compartiendo a la vez algunas semejanzas con los otros. Así es como va adquiriendo su identidad”, explica Raquel Sánchez.

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Juegos frente a frente

A esta edad, lo ideal es que el espejo en el que se mire tu hijo sea grande (asegúrate de que no puede tirárselo encima), para que pueda dirigirse a él gateando y se vea de cuerpo entero, lo que le ayudará a hacerse una idea más acertada de cómo es. Para multiplicar los aprendizajes que le brinda este entretenimiento, realiza con él estos juegos:

  • Pon diferentes expresiones faciales delante del espejo. Así tu pequeño sabrá diferenciar una cara alegre de otra enfadada y aprenderá a empatizar, es decir, a sentir y a vivir las emociones ajenas como propias.
  • Cógele en brazos y retírate hacia un lado, de manera que los dos salgáis del campo de visión del espejo. A continuación, vuelve a aparecer. Con este juego le ayudas a reconocerse y estimulas su enfoque visual.
  • Siéntate con tu hijo, di su nombre y, mirando ambos al espejo, repítelo señalándole en el reflejo. Haz lo mismo con las partes de su cuerpo. Así irá conociendo su propia imagen.
  • Los dos frente al espejo, háblale y vocaliza mucho, para que vea reflejados los movimientos de tu boca. Reforzarás su lenguaje oral.
  • Anímale a hacer muecas y a poner posturas raras delante del espejo. Así aprenderá a coordinar mejor los movimientos de su cuerpo.

    Estos juegos ante el espejo, además de ayudarle a conocerse, fortalecen vuestros vínculos de unión.

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