No tiene sentido del peligro

Tu pequeño aún no posee una percepción clara de lo que es peligroso y lo que no. Por eso, hasta que aprenda a velar por su integridad física, tu supervisión constante resulta imprescindible para que no se haga daño.

Es muy positivo que tu hijo se interese por todo lo que le rodea y que explore su ambiente, ya que ésta es su manera de conocer. Lo malo de este impulso es que de vez en cuando intentará hazañas que pueden resultar peligrosas para él.

Por eso, para que tu hijo pueda desarrollar al máximo todo su potencial, tanto físico como intelectual, debes permitirle que viva un gran número de experiencias, pero teniendo siempre en cuenta su falta de sentido del peligro.

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ENTORNO A SU MEDIDA

Si no quieres pasarte el día corriendo detrás de él, lo mejor es ofrecerle un ambiente seguro en el que pueda moverse libremente.

Para ello: pon topes en las puertas para que no se pueda pillar, tapa los enchufes, coloca cierres en los armarios y cajones que contengan objetos y productos peligrosos, asegura el cierre de las ventanas a las que pueda acceder, cierra el acceso a las escaleras, bloquea los mandos de la cocina, protege las esquinas de los muebles y vétale la entrada a zonas y habitaciones que entrañen riesgo, como la chimenea, la cocina, el cuarto de baño, la terraza, el tendedero...

También es muy importante que hagas comprender a tu pequeño el significado rotundo de tus “noes”, para que aprenda que hay límites a su demanda investigadora que no se puede saltar bajo ningún concepto.

Afortunadamente, a medida que tu hijo vaya madurando también irá ganando en prudencia. A partir de su primer cumpleaños, para que vaya percatándose de lo que puede y no puede hacer, es fundamental que le dejes experimentar por sí mismo las consecuencias de ciertas acciones que no impliquen un peligro serio, ya que una de las maneras más eficaces de aprender es el “ensayo y error”.

"A VER QUE DICES..."

Una vez que los niños aprenden a desplazarse solos, aunque aún no tienen un sentido claro del peligro, sí van intuyendo lo que puede ser arriesgado para ellos. Por eso, antes de “escaparse” de la habitación o de abrir un armario, mantienen un contacto visual con alguno de sus padres.

Este contacto tiene una doble finalidad: por un lado, asegurarse de la presencia de ese adulto, de que está ahí para protegerle, y por otro, observar la reacción que le provoca su intención. Los niños aprenden enseguida a interpretar el lenguaje no verbal de los padres y éste puede darles señales de desaprobación, enfado y miedo o, por el contrario, muestras de ánimo y aceptación.

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UNOS SE PASAN Y OTROS NO LLEGAN

Aunque la incapacidad para adelantarse a las posibles consecuencias de sus actos es común a todos los niños, ya desde el nacimiento es posible observar una dimensión del temperamento denominada “acercamiento-retirada”, que muestra las diferentes maneras de afrontar una misma situación.

Bebés temerarios. Están felices al probar cosas nuevas. Si tu hijo es así, necesitará una mayor vigilancia y unos límites muy claros. Tendrás que frenarle en numerosas ocasiones para que no se haga daño.

Bebés temerosos. Muestran rechazo ante cualquier cosa que se salga de su rutina. Conviene darles un empujoncito para que avancen en su desarrollo. Si tu pequeño pertenece a este grupo, déjale cierto margen de libertad y ponle pocos límites. No le sobreprotejas y refuérzale mucho cada vez que intente algo nuevo.

¡QUÉ ÚTIL!

En la página web de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (www.aepap.org) hay un apartado muy interesante denominado “Familia y Salud” en el que se recogen múltiples consejos para la prevención de accidentes infantiles. Merece la pena consultarla y tener siempre presentes todas y cada una de sus recomendaciones.

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