Jugar, lo más natural para el bebé

La naturaleza es un campo de juegos ideal para el bebé (siempre que lo mantengas bien vigilado y le dejes al mismo tiempo investigar). Aprovecha el verano para llevarle a jugar a parajes naturales, ya sea la playa, el bosque, el río o un parque verde. ¡Tiene muchos beneficios!

Si fuéramos conscientes de la importancia que tiene para el aprendizaje del bebé y del niño el juego libre en la naturaleza, en compañía de los padres y de otros pequeños, no dejaríamos que nuestros hijos faltaran a clase en esta escuela de la vida.

La naturaleza es una maestra sabia que enseña a los peques lecciones importantes: a permanecer quietos y concentrados observando, escuchando y oliendo; a ser capaces de esperar; a intentar nuevas hazañas físicas e inventar nuevos juegos, y a no temer al esfuerzo.

Hoy los pediatras aconsejan que los bebés, desde sus primeros días, pasen al menos una hora al día en espacios abiertos, respirando aire libre y sintiendo los estímulos tranquilos y beneficiosos de la naturaleza.

Y los psicólogos y pedagogos advierten que el “deficit de naturaleza” en niños menores de 3 años que conlleva la exposición a la tele y a las pantallas impide a los pequeños reflexionar, actuar y aprender por sí mismos, siendo los protagonistas, y está detrás de la mayoría de los trastornos de atención e hiperactividad, apatía, sedentarismo y obesidad.

Debemos buscar esos entornos naturales, ya sea la playa, el bosque, el río o un parque verde, y encontrar tiempo para estar con nuestros hijos en ellos.

DEL GATEO A LAS CAMINATAS

El secreto está en que todo en la naturaleza provoca el asombro del niño. Se aprende desde dentro hacia afuera y el asombro es el motor de todo conocimiento. Es lo que le llevará a observar, preguntar, escuchar, decidir y actuar. Y a errar, caer, aprender, repetir, corregir y levantarse. Los niños son exploradores natos y basta con ponerlos en situación.

Si tu bebé aún es pequeño y se distrae fácilmente, una buena idea es sentarlo es su manta o toalla y darle una cesta con objetos de la naturaleza para explorar: cortezas grandes de pino, una piña, piedras, frutos..., todo lavado y que no implique peligro de atragantamiento si se lo mete en la boca (aun así, no le quites la vista de encima).

Muéstrale cómo se hace, sácalos, alínealos y vuelve a guardarlos. El objetivo es que él se entretenga cogiéndolos y explorándolos sin tu intervención.

Si ya gatea, adentrarse en otras texturas, como la hierba o la arena, será toda una aventura. Gatea con él.

Y cuando sepa andar, programa senderos a su medida, a paso lento y poniéndote a su altura: así iréis descubriendo pequeños tesoros y escuchará tus explicaciones. La naturaleza tiene la virtud de educar la sensibilidad a través de los sentidos y convertir a los niños en científicos, artistas o filósofos.

Y una vez que tu hijo corra, salte y camine sin cansarse, nada le gustará más ni será más saludable que jugar en espacios de libertad. Deja que sea él quien dirija la expedición, diga en qué podéis fijaros o proponga un juego.

Explorar un lugar desconocido inventando fantasías o construir una cabaña con ramas y hojas son aventuras que no se olvidan.

SIN MIEDO A LOS NUEVOS ENTORNOS

A veces somos los propios padres los que tenemos miedo a la naturaleza y se lo transmitimos a los hijos.

Nos incomoda que el niño se manche las manos o la ropa (cuando lo suyo es dejar que se ensucie y limpiarle luego) o tememos que se caiga y se haga daño (cuando son riesgos asumibles, con tu vigilancia, y necesarios para que el pequeño adquiera independencia).

O nos sobrecoge estar en espacios naturales tan grandes, silenciosos y misteriosos que nos hacen sentirnos vulnerables y pequeños, cuando ésta es una vivencia maravillosa para que tu hijo adquiera conciencia de sí mismo y de su relación con el planeta.

O a veces, cuando llueve o refresca, nos da miedo que el niño se acatarre si salimos a jugar fuera. Hay que decir que en algunas guarderías de Suecia, sin que importe el clima, los niños salen todos los días una hora a jugar en el bosque.

Y los estudios demuestran que estos pequeños adquieren más defensas frente a los virus catarrales y están menos expuestos a ellos que los que permanecen encerrados en sus casas o en sus aulas cuando hace mal tiempo. La madre naturaleza les protege y les fortalece.

Así que ya sabéis: pertrechaos bien, protegidos del sol durante el día (no descuidéis darle crema y ponerla gorra) y abrigaditos a última hora de la tarde y… ¡a jugar en la naturaleza!

Libros que os animarán a salir a jugar:

“Educar en el asombro”, de Catherine L’Ecuyer, Editorial Plataforma, 2013, 17 €. (8,49 € en e-book de casadellibro.com)

“El libro de los palos”, de Jo Schofield, Ediciones Rodeno, año 2009, 13,99 €.

“El libro del mal tiempo”, de Jo Schofield, Ediciones Rodeno, año 2013, 15,99 €.

“Historias de la naturaleza para contar a los niños”, de Waddingham Seers, Editorial Miraguano, año 2012, 16 €.

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