Cuestión de olfato

Nuestra herencia olfativa se desarrolla desde que somos bebés. El creador de perfumes Ramón Monegal analiza la relevancia de este sentido en los recién nacidos.

No sólo del tacto o del oído vive nuestro pequeñín al nacer, el olfato en la infancia es mucho más relevante de lo que se suele tener en cuenta.

Está claro que la voz es el primer rasgo que el bebé percibe de su madre pero también la reconoce por el olor.

Según cuenta el perfumista Ramón Monegal, "a través de la madre, el recién nacido comienza su memoria olfativa, ya que crea hacia este olor un vínculo emotivo y que esta sensación le quedará bien grabada toda la vida". Desde este momento, aclara el experto, el ser humano sólo se quedará con aquellos olores que le despierten emociones -aunque sean medio malas o malas-, los olores indiferentes pasarán de largo.

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Tradicionalmente, nos gusta perfurmar a los más pequeños y perfumarnos desde que tenemos uso de razón, esta es una herencia que nos dejaron los árabes.

Los olores que consideramos infantiles, tienen un significado y transmiten valores. Por ejemplo, la cambinación de olores de frutas cítricas contienen la inocencia en la mandarina y la pureza en el limón. La canela y la vainilla significan dulzura y ternura, y el muguet (lirios del valle) se traduce en delicadeza.

Esos valores nos acompañan también en la infancia, donde las niñas suelen envolverse en flores para resaltar su condición femenina y los varones de fragancias frutales que resalten su fuerza y energía.

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