Bebé: cómo empezar a darle carne, pescado, huevo...

Descubre cómo y cuándo introducirlos en su dieta y toma nota de los mejores trucos para que los acepte sin problemas.

 

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Una nueva etapa en su alimentación

Tu hijo va creciendo y se ha hecho amigo de los cereales, las frutas y las verduras. Es hora de acercarse aún más a la comida “de mayores”. ¿Empezamos?

Comenzar a darle carne

No debemos introducir en la alimentación del bebé ningún alimento sin la recomendación previa del pediatra, tal como aconseja la Asociación Española de Pediatría (AEP). Será el médico del niño quien, conociéndole, vaya indicando de modo personalizado la toma de contacto con nuevos alimentos. En regla general, hacia los 7 meses podemos iniciar a los bebés en las carnes de ave, muy digestivas. Podemos escoger un filetito (de unos 40 g) bien limpio de pavo o de pollo y cocerlo para incluirlo en su puré de verduras.  Para hacerle el cambio de sabor menos notorio podemos introducir una pequeña cantidad e ir aumentándola poco a poco.

A partir de los 8 meses puedes introducir la carne de vaca, de buey o de potro, así como de cerdo y de cordero, todas ellas muy nutritivas, ricas en proteínas de alta calidad y en minerales esenciales, como el hierro. No es necesario que compres los filetes más caros del mercado. Con que sean tiernos, lo menos grasos posibles y estén libres de nervios será perfecto.

Sólo al principio ofrécele el puré muy pasado. En cuanto acepte el sabor de la carne ve triturándola cada vez menos, para que vaya habituándose a nuevas texturas y consistencias.

Si tu hijo ya tiene dientes puedes ofrecerle también trocitos menudos de jamón de york, de pavo, de salchichas (sin piel, ya que podría atragantarse)... y dejarle que los mastique a su gusto. El hecho de cogerlos con las manos y llevárselos a la boca probablemente le resultará de lo más apetecible, ya lo verás.

El pescado, ¡qué bueno!

Poco después de que el bebé se familiarice con las primeras carnes llega el turno del pescado, sobre los 8 meses. La recomendación siempre será empezar por el blanco, porque es más digestivo, menos graso y más suave, lo que hace que el niño acepte de buen grado su sabor. Hablamos de pescadilla, merluza, gallo, lenguado, rape...

La ración, al igual que la carne, de menos a más, podemos empezar con un trozo bien limpio de unos 40 gramos en su puré de verduras del día.

Un consejo, siempre es mejor probar los nuevos alimentos en el puré del mediodía que en el de la noche, así a lo largo de la tarde puedes ver si se produce alguna reacción no esperada.

Si te preguntas si puedes darle pescado congelado, la respuesta es sí. Es más, a no ser que tengas claro que el pescado que estás comprando es muy fresco opta siempre por el congelado (asegurándote de que se ha mantenido la cadena del frío).

A la hora de cocerlo no añadas sal (en el caso de la carne tampoco) y no incluyas el agua de la cocción en el puré, únicamente el filete.

Al igual que con la carne, el niño debe tomar pescado blanco varias veces a la semana. El azul, con que lo tome una vez por semana será suficiente.
Este ofrece proteínas y ácidos grasos esenciales, que a todos nos vienen fenomenal, pero pueden ser bastante “agresivos” para los bebés, por eso no suelen introducirse en la dieta hasta los 12 meses.

Elige las variedades más pequeñas (caballas, sardinas...) que no contienen tantos metales pesados, tóxicos si los tomamos en grandes cantidades, como los pescados más grandes (atún, pez espada, emperador...).

Sin miedo al huevo

Llegamos a uno de los alimentos que más precaución causa en los padres, debido a su “fama” de protagonizar alergias. Precisamente por ello se retrasa su introducción en la alimentación de los niños hasta los 9-10 meses (más si el niño ha presentado alguna alergia previa) y se hace de forma muy gradual. La AEP aconseja empezar por incluir un cuarto de yema cocida en el puré, más adelante media yema y luego ya entera. Posteriormente le llega el turno a la clara, también siempre cocida.

Hacia el año, si no hay problema, tu hijo ya comerá el huevo completo. Incorpóralo primero a sus purés y cuando ya lo tome entero puedes ir variando: huevo duro desmenuzado; en tortilla francesa cortado en trocitos que pueda coger; revuelto con patatas (escurre el aceite de estas para evitar exceso de grasa)...
Los peques pueden tomar huevo dos o tres veces por semana si lo toleran bien. ¡Y tranquila, no dispara el colesterol!

¿Y las legumbres?

Forman otro de los grupos alimentarios básicos de la dieta mediterránea y por tanto los niños deben incluirlas en sus comidas, en general desde los 12 meses. Los garbanzos, las lentejas, los guisantes... son productos potencialmente funcionales, esto es, de una calidad nutricional máxima.

Las primeras semanas ofréceselos en puré (una o dos veces por semana), de forma variada y aumentando poco a poco la cantidad de la legumbre frente a la de la verdura.

Pescado, carne, legumbres, huevo... Y lácteos, que siguen siendo fundamentales. Además de la leche es el momento de comenzar con los yogures (le encantarán) y los quesos suaves.

¿Los mariscos son aptos para bebés?

Los mariscos proporcionan nutrientes similares a los de los pescados, pero suelen producir más alergias; por eso no hay ninguna prisa en introducirlos en la dieta de los bebés. Pueden empezar a tomarlos pasado el año, en pequeñas cantidades y aumentándolas de forma progresiva si no hay reacciones alérgicas. También hay que incorporarlos a la dieta de forma individual (no empezar con una paella de mariscos, por ejemplo) con el fin de que si se produce alguna reacción se pueda identificar el producto concreto que la ha provocado.

¿Qué hago si algo no le gusta?

Dos reglas de oro al introducir estos alimentos, ambas para los padres: “no agobiarse” y “no forzar”. Si cuando llega el turno de que pruebe alguno de ellos notas que le cuesta aceptarlo, busca opciones. Piensa si su rechazo puede deberse a la textura y ofréceselo de un modo distinto o “escondido” en otras preparaciones para que se acostumbre al sabor. Si aún así lo rechaza, sustitúyelo por otro de valor nutricional similar y pasado un tiempo vuelve a intentar dárselo. Todo con calma y respetando su ritmo, o le contagiarás tu agobio.

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