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Tu hijo, protagonista

Desde que nació ha cambiado tu mundo y tu vida gira ahora en torno a él. Con sus rasgos atractivos, sus gracias y risas, pero también con sus lloros, sus travesuras y sus rabietas... Tu pequeño necesita que le atiendas y cuenta con muchos mecanismos para conseguir captar tu interés.

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Los bebés y los niños poseen ciertas características físicas, conductuales y cognitivas que despiertan en los adultos fuertes sentimientos de apego, ternura y protección.

De acuerdo con las teorías evolucionistas, la misión de estos atractivos mecanismos (y de otros más exigentes, como el llanto) de los “cachorros humanos” es conseguir que los “mayores” de su especie les prodiguen los cuidados que necesitan para salir adelante.

En su primera infancia tu hijo depende de ti para todo. Por eso necesita captar tu atención.

Rasgos que te cautivan

Su carita, sus grandes pupilas, sus manos, su olor… Desde que tu bebé llega al mundo, su aspecto te resulta “hipnótico”. Tanto, que eres capaz de pasarte horas mirándolo sin darte cuenta y no puedes evitar que en ti se despierten irresistibles deseos de cogerlo, acariciarlo...

Konrad Lorenz, fundador de la Etología, hablaba ya de la importancia que tienen las características físicas a la hora de despertar el instinto de protección en los adultos de distintas especies de animales. Y diferentes estudios aseguran que los niños que cumplen con el “canon de belleza” infantil resultan más atractivos y reciben más atención.

El parecido físico con la madre, el padre o algún otro miembro de la familia también estimula el deseo de protección: reconocerse en los rasgos del niño, así como en sus gestos, favorece el vínculo.

Gestos que te enamoran

Y es que, además de por su físico, el bebé atrae por sus gestos y acciones. Una de las primeras conductas “señalizadoras”, es decir, las que tienen como objetivo atraer al adulto, es la risa. Los alegres gorjeos del pequeño favorecen ese lazo afectivo.

Su alegría “engancha” porque estimula en quienes la presencian la liberación de endorfinas, hormonas que disminuyen el dolor y producen euforia.

A medida que el niño va ganando autonomía y control sobre sus movimientos, aparecen en él otras conductas señalizadoras, físicamente más activas. A los 6-7 meses ya es capaz de “echar” los brazos y de agarrarse fuertemente a la persona que lo lleva, lo que despierta una gran ternura en el adulto, redundando en su deseo de cuidar al pequeño. Cuando aprende a andar, el niño tiende a avanzar hacia la persona de apego, a pedirle que le coja o a agarrarse a su pierna.

A partir de los 2 años las estrategias para llamar la atención se vuelven más puntuales, no tan señaladas. Alguna, como el control de los esfínteres (un verdadero hito en su vida) produce también una gran alegría en los adultos, granjeándole mucha atención.

Con la aparición del lenguaje las acciones pasan a un segundo plano. El niño ya sabe captar tu interés hablando y empieza a regirse según las normas de los “mayores”.

No olvides que…

Para el pequeño tú eres lo más importante. Del mismo modo que tú estás pendiente de él, el niño está pendiente de ti. Todo lo que haces es esencial a sus ojos, sobre todo cuando tiene que ver con él. A través de tus gestos de cariño y orgullo por sus logros, le estás transmitiendo con mucha fuerza lo que se conoce como “refuerzo positivo”, aumentando su sensación de seguridad, algo clave en su evolución.

Categoría: Psicología

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