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Objeto transicional o de seguridad

Hábito u objeto que muchos niños utilizan, en la más tierna infancia, para sobrellevar la transición entre el estado de «fusión» afectiva del recién nacido con su madre y la relación que tiene con ella unos meses más tarde, después de darse cuenta de que se trata de una persona externa y separada de él.

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El valor simbólico del objeto transicional ayuda al niño a estructurarse. Por lo tanto, no se trata en ningún caso de una actitud infantil regresiva que se deba combatir y es absolutamente normal y hay que respetar estas actitudes.
Los objetos transicional debe respetarse siempre; la evolución natural del niño y su madurez psicológica hacen que termine por abandonarlo, habitualmente entre los 8 y los 10 años. La persistencia de un apego excesivo más allá de esta edad es, por lo general, una llamada de atención, un síntoma de un problema de orden psicológico que debe tenerse en cuenta.

Muchos bebés y niños pequeños se chupan el pulgar cuando se duermen o, a veces, en los momentos de aburrimiento o de tristeza. Los padres conocen el valor tranquilizador de este gesto. Otros niños necesitan tener junto a ellos, también cuando van a dormir (es decir, cuando se separan de los padres), un muñeco, un peluche, un trapo, una pequeña manta o una prenda de vestir que les tranquiliza y cuya función simbólica es mantener una unión con el entorno. Los padres saben que tienen que llevar a todas partes su muñeco o su peluche.

© Larousse Editorial S.L.

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